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El humo del incendio de Eaton llevó plomo y arsénico mucho más allá de las llamas, según un estudio

Una medición continua del aire durante los incendios de Los Ángeles de 2025 detectó una composición química distinta de la de un fuego forestal. Caltech estima que casi siete millones de personas estuvieron expuestas durante un día a concentraciones de plomo muy superiores a las habituales.

Angeles National Forest firefighters during initial attack of the Eaton Fire
Angeles National Forest firefighters during initial attack of the Eaton Fire © Foto: USDA

Cuando el incendio de Eaton atravesó Altadena en enero de 2025, el peligro no terminó en las casas destruidas. El humo transportó una mezcla de metales y otros compuestos procedentes de materiales urbanos quemados hacia zonas alejadas del frente de fuego. Un estudio de investigadores del Instituto de Tecnología de California, publicado el 28 de octubre en Science Advances, ofrece una de las primeras mediciones detalladas de cómo cambia la química de una nube de humo cuando arden edificios y vehículos, además de vegetación.

El equipo calculó que, durante el momento de mayor combustión de estructuras, casi siete millones de personas en el área de Los Ángeles estuvieron expuestas a concentraciones de plomo en el aire, medidas a lo largo de 24 horas, unas 80 veces superiores a los valores de fondo habituales. Es una estimación de exposición ambiental, no un diagnóstico de intoxicación de cada residente. Los propios científicos advierten que todavía no conocen las consecuencias sanitarias de una exposición breve a esos niveles.

Lo que distinguió el incendio urbano

Los investigadores compararon el humo de Eaton con el de otro incendio del sur de California que había consumido principalmente vegetación. En la nube asociada a la quema urbana encontraron más de 50 veces la concentración de plomo, cerca de siete veces la de cloro y bromo, y tres veces la de arsénico. La comparación se refiere a la composición de las partículas medidas en esos episodios; no significa que todas las personas recibieran una dosis idéntica.

Las casas, los automóviles, los aparatos electrónicos y los materiales de construcción pueden aportar sustancias que no aparecen en la misma proporción cuando arde un bosque. Eaton fue especialmente revelador porque comenzó entre edificaciones de Altadena y después avanzó hacia áreas montañosas. Los instrumentos registraron ese cambio de escenario dentro de un mismo incendio: al principio dominó una señal química asociada a la combustión urbana y, más tarde, el humo se pareció progresivamente al de un fuego de vegetación.

La medición fue posible gracias a una estación de vigilancia atmosférica en Pico Rivera, a unos 18 kilómetros al sur de Altadena. Sus instrumentos funcionaron de forma continua durante el episodio. Los controles ordinarios de calidad del aire suelen informar la cantidad total de partículas finas, como las PM2,5, pero no describen por sí solos qué sustancias contiene cada partícula. Una muestra tomada una vez al día, además, puede perder picos que duran apenas unas horas. La observación constante permitió seguir tanto la magnitud como la composición del humo mientras cambiaba la trayectoria del fuego.

El equipo examinó también el potasio, presente en las plantas y liberado cuando se queman, para compararlo con el plomo. En los días en que ardían más estructuras, la proporción entre ambos elementos indicaba una fuerte presencia de materiales urbanos en el humo. Conforme las llamas avanzaron hacia las montañas de San Gabriel, esa relación se acercó a la de un incendio forestal. La secuencia ayuda a explicar por qué las alertas basadas solo en la extensión del incendio o en la masa total de partículas pueden dejar fuera un cambio relevante en la exposición.

Una exposición amplia, con efectos aún inciertos

El estudio no demuestra que el aumento momentáneo de plomo haya causado una enfermedad determinada. Haroula Baliaka, autora principal, señaló que se necesita investigar qué implican exposiciones cortas pero intensas a varios contaminantes a la vez. Ese límite es decisivo: la cifra de casi siete millones describe cuántas personas pudieron respirar aire afectado por la nube durante un período, no cuántas sufrieron un daño clínico comprobado.

La investigación también ofrece una referencia histórica que evita lecturas alarmistas de una sola comparación. Los niveles habituales de plomo en el aire de Los Ángeles habían caído alrededor de un 99 % desde la retirada progresiva de la gasolina con plomo. El pico registrado durante Eaton resultó muy alto frente a ese nivel actual, pero se aproximó a concentraciones que eran normales antes de la década de 1980. Eso no elimina el riesgo potencial; muestra por qué es necesario indicar siempre la base de comparación y el tiempo de exposición.

Associated Press consultó a los investigadores sobre la utilidad práctica de los hallazgos. Su conclusión apunta a mejorar los modelos que predicen adónde viajará una nube tóxica durante un incendio que afecta viviendas. Con datos sobre la composición química, los servicios de emergencia podrían evaluar mejor qué comunidades situadas a favor del viento necesitan información y protección, incluso si las llamas están lejos.

Caltech subraya que la señal de plomo observada puede reflejar características particulares de Altadena, donde había numerosas construcciones antiguas. No conviene trasladar mecánicamente el mismo factor de 80 a cualquier otro incendio. La investigación sí cambia la pregunta que deben hacerse las autoridades cuando arde una ciudad: además de medir cuánto humo hay, deberán saber qué contiene y hacia dónde se mueve.