El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, cerró este jueves en Lima una gira de tres días por Sudamérica que lo llevó antes a Colombia y Ecuador. Según el cronograma difundido por el Departamento de Estado, su jornada limeña comenzó a las 9:20 con un encuentro a puerta cerrada con el personal y las familias de la embajada estadounidense, siguió a las 10:10 con una reunión con el canciller peruano Carlos Espá y a las 11:00 con la presidenta Keiko Fujimori, continuó a las 11:35 con una conferencia de prensa conjunta y terminó a las 12:40 con un discurso ante la Cámara de Comercio Americana del Perú.
La Presidencia peruana había anunciado la reunión en Palacio de Gobierno para las 10:15, con participación del Gabinete Ministerial. La diferencia de horarios entre ambas agendas quedó sin aclarar públicamente.
Sobre la mesa oficial estaban la seguridad, la lucha contra el crimen organizado, la cooperación en defensa, el comercio bilateral, la promoción de inversiones y la prevención frente al fenómeno de El Niño. Es la primera visita de Rubio al Perú desde que Fujimori juró el cargo el 28 de julio, y llega pocos días después de que el país se incorporara formalmente al Escudo de las Américas, la coalición de seguridad antinarcóticos que impulsa la administración Trump en el hemisferio.
Pero la conversación que realmente definió la escala peruana no ocurrió en Palacio. Ocurrió en las páginas de un diario y en una cuenta de X.
Antes de aterrizar, Rubio publicó una columna en El Comercio en la que sostuvo que los proyectos respaldados por el Partido Comunista Chino pasan por alto los marcos legales del Perú y amenazan la transparencia y la seguridad de los datos. El texto planteaba la elección en términos de modelo: inversión con reglas frente a inversión sin ellas.
La embajada de China en Lima respondió en tres frentes distintos, y la elección de esos frentes revela con precisión cómo Pekín entiende la disputa.
El primero fue la soberanía. "El hemisferio occidental no es el patio trasero de nadie", escribió la misión diplomática, una fórmula que apunta menos a Washington que a la sensibilidad histórica del público latinoamericano frente a la doctrina Monroe.
El segundo fue el que más circuló, y es el más revelador: los visados. La embajada recordó que China aplica de manera unilateral una exención de visa para todos los peruanos con pasaporte ordinario, que permite estadías de hasta 30 días por comercio, turismo, visitas familiares, intercambios o tránsito. "China abre sus puertas y recibe al pueblo peruano con los brazos abiertos", cerró el mensaje, con una alusión explícita a los controles migratorios de "cierto país" que no fue necesario nombrar.
El dato en sí no es nuevo. La exención empezó como medida de prueba en junio de 2025, en el marco del foro China-CELAC, alcanzó también a Argentina, Brasil, Chile y Uruguay, y Pekín la prorrogó hasta las 24:00 del 31 de diciembre de 2026. Lo nuevo fue el momento elegido para recordarla: el mismo martes en que Rubio despegaba de Miami hacia Barranquilla.
La asimetría que ese mensaje explota es real y perfectamente comprensible para cualquier peruano. Una visa de turismo o negocios para Estados Unidos supone un formulario extenso, una tasa no reembolsable, una cita consular que puede demorar meses y una entrevista con resultado incierto. Para China, basta el pasaporte. Es una diferencia que se siente en la vida cotidiana mucho antes de que alguien la registre como política exterior, y Pekín lleva tiempo usándola como su argumento más económico y más eficaz.
El tercer frente fue el comercial. China recordó que lleva doce años consecutivos como principal socio comercial del Perú, que el país andino es el tercer exportador de la región a su mercado, y que el Protocolo de Actualización del Tratado de Libre Comercio entre ambos países debería entrar en vigor en breve.
Detrás de todo eso está Chancay, que ninguna de las dos partes necesitó mencionar. El megapuerto está construido, operando y bajo control chino. Rubio no llegó a Lima a revertir ese hecho, porque no es reversible en una jornada de reuniones ni en un mandato. Llegó, en el mejor de los casos, a intentar que no haya un segundo Chancay, y a ofrecer una alternativa de financiamiento e inversión que hasta ahora no se ha materializado en cifras concretas.
Ahí está la debilidad estructural de la posición estadounidense en esta escala. Washington ofrece cooperación en seguridad, que el Perú necesita y valora, y promete acuerdos comerciales sólidos "en un futuro próximo", según dijo el propio Rubio antes de partir. China ofrece un puerto que ya funciona, un tratado que se actualiza, doce años de primacía comercial y una frontera abierta para los pasaportes peruanos. Una cosa es una promesa; la otra, una infraestructura de concreto en la costa de Huaral.
El planteamiento peruano, como el de buena parte de la región, no es realmente el de una elección entre bloques. Es que cada potencia ofrece algo que la otra no sustituye. Estados Unidos aporta cooperación militar, inteligencia, tecnología de vigilancia y acceso a un mercado con reglas conocidas. China aporta compra masiva de minerales, infraestructura y financiamiento sin condicionalidad política. Los gobiernos que intentan quedarse solo con una mitad terminan pagando el costo de la otra.
El gobierno de Fujimori, con seis semanas de ejercicio, hereda esa ecuación intacta y con un puerto ya inaugurado dentro de ella. Su margen consiste menos en escoger y más en administrar simultáneamente dos relaciones que se vigilan entre sí.
Lo que conviene mirar en las próximas semanas no son los comunicados de esta visita, sino tres cosas concretas: si el Protocolo de Actualización del TLC con China entra efectivamente en vigor y en qué términos, qué compromisos de inversión estadounidense aparecen con montos y plazos, y qué obligaciones operativas asume el Perú dentro del Escudo de las Américas. Esas tres respuestas dirán bastante más que cualquier fotografía en Palacio de Gobierno.