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La COP17 abre en Armenia el examen de unas metas de biodiversidad que avanzan demasiado despacio

La primera revisión mundial del acuerdo de Kunming-Montreal llega con cuatro años hasta 2030. El informe de la ONU registra una amplia adhesión, pero una ejecución insuficiente y problemas de financiación y seguimiento.

Sede de la COP17 Ereván, Armenia
Sede de la COP17 Ereván, Armenia

La cumbre de biodiversidad de Naciones Unidas comenzó este lunes 19 de octubre en Ereván, Armenia, con un balance que separa las promesas de sus resultados: casi el 90% de las partes del convenio ha establecido objetivos nacionales, pero menos de la mitad de los evaluados por los propios países se considera encaminado a cumplirse. El calendario deja cuatro años para alcanzar las metas de 2030.

La COP17 celebrará la primera revisión mundial de los avances colectivos del Marco Global de Biodiversidad de Kunming-Montreal, adoptado en 2022. Las negociaciones se prolongarán hasta el 30 de octubre y coincidirán con reuniones sobre bioseguridad y sobre acceso a recursos genéticos y reparto de sus beneficios.

El ministro armenio de Medio Ambiente, Hambardzum Matevosyan, fue elegido presidente de la conferencia durante su sesión plenaria de apertura, informó la agencia local Armenpress. Su mandato de dos años empieza ante una tarea que trasciende la organización de la cumbre: acercar las decisiones internacionales a cambios verificables en el territorio.

Muchos compromisos; una ejecución insuficiente

El informe que orientará el examen, State of Biodiversity Action, reúne información de reportes nacionales, estrategias actualizadas, evaluaciones científicas y otras fuentes de conocimiento. Más del 70% de las partes presentó informes, según el comunicado de apertura de la secretaría del Convenio sobre la Diversidad Biológica.

El documento reconoce actividad en las 23 metas del marco y un grado elevado de movilización desde su aprobación. También identifica dos brechas. La primera está en los compromisos: los objetivos nacionales todavía no abarcan plenamente la ambición y todos los componentes de lo acordado. La segunda aparece al ejecutar las medidas, con avances demasiado lentos y desiguales.

Esa distinción evita una lectura engañosa del balance. No basta con presentar un plan para demostrar que un ecosistema se recuperó. Tampoco la falta de resultados inmediatos significa que todas las acciones carezcan de utilidad: el propio informe advierte de que aún es pronto para detectar cambios en los resultados biológicos atribuibles al proceso.

Las mayores dificultades incluyen recursos financieros, capacidades técnicas, coordinación entre sectores y datos insuficientes. El resumen oficial señala además que los ecosistemas marinos, costeros y de aguas continentales presentan vacíos persistentes de cobertura. Un promedio mundial puede ocultar diferencias importantes entre lugares y objetivos.

Qué significan las metas del 30%

Entre los compromisos más conocidos figura conservar eficazmente al menos el 30% de las áreas terrestres y de aguas continentales, y de las áreas marinas y costeras, para 2030. El acuerdo también exige que al menos el 30% de las superficies de ecosistemas degradados esté sometido a restauración efectiva.

Son metas relacionadas, pero con bases distintas. Conservar una proporción del territorio no equivale a restaurar esa misma proporción de toda la superficie del planeta. En el segundo caso, el compromiso se refiere a áreas degradadas. Confundir ambos porcentajes puede exagerar lo que se ha prometido o dar por cumplidas obligaciones diferentes.

La calidad del trabajo forma parte del acuerdo. El objetivo de conservación habla de espacios bien conectados, gestionados eficazmente y gobernados de manera equitativa, con respeto a los derechos de pueblos indígenas y comunidades locales. La superficie delimitada importa, pero no sustituye la evaluación de lo que ocurre dentro de ella.

El marco incluye también reducir la contaminación, responder a especies invasoras, mejorar la sostenibilidad de la agricultura y la pesca y frenar la extinción de especies amenazadas. Su alcance supera, por tanto, la creación de parques: involucra cómo se produce, se consume y se toman decisiones económicas.

El dinero y la capacidad de comprobar los avances

El compromiso financiero busca movilizar al menos 200.000 millones de dólares anuales de todas las fuentes para 2030. Dentro de ese esfuerzo, se prevé elevar la financiación internacional para países en desarrollo hasta por lo menos 30.000 millones de dólares al año en esa fecha. Son objetivos de movilización; no dinero que ya esté disponible por haberse aprobado el marco.

El acuerdo también contempla reducir o reformar incentivos perjudiciales para la biodiversidad, incluidos subsidios. Ahí aparece una dificultad política: no se trata solo de obtener recursos nuevos, sino de revisar decisiones económicas que pueden seguir favoreciendo la degradación mientras otros programas intentan repararla.

La revista Nature Reviews Biodiversity advirtió en un editorial previo a la reunión de que las limitaciones de seguimiento dificultan evaluar varios objetivos. Su planteamiento es que financiar redes de observación y aprender de las intervenciones, incluidas las que no funcionan, resulta necesario para distinguir esfuerzo administrativo de recuperación ecológica.

La naturaleza como parte de la economía

Para los hogares, el asunto no termina en la protección de especies lejanas. La seguridad alimentaria, el agua y la salud dependen de ecosistemas que siguen prestando servicios, recordó la secretaria ejecutiva del convenio, Astrid Schomaker, en el comunicado de apertura. Esa dependencia conecta la cumbre con la agricultura, las ciudades y las cadenas de suministro.

Ereván no comienza con un acuerdo final ni con una garantía de corregir todas las brechas. Lo que aporta esta primera revisión es una base común para discutir dónde faltan ambición, ejecución o medios. El resultado de las próximas dos semanas deberá medirse por su capacidad para acelerar acciones concretas durante el tiempo que queda hasta 2030.