En una ciudad acostumbrada a ceremonias solemnes, pocas generan un silencio tan cargado de historia como la que hoy rinde honores a Richard Bruce Cheney. El exvicepresidente, figura polarizante y arquitecto de uno de los capítulos más decisivos —y controvertidos— del gobierno estadounidense moderno, recibe reconocimiento mientras el país continúa evaluando el peso de sus decisiones y la huella profunda que dejó sobre el poder ejecutivo, la seguridad nacional y la política republicana.
El tributo ocurre en un momento en que el propio Cheney, ya en la etapa final de su vida pública, parece haberse convertido en símbolo de dos eras opuestas: la del combate implacable contra el terrorismo tras los ataques del 11 de septiembre y la de la resistencia interna dentro del Partido Republicano frente al ascenso de Donald J. Trump, una batalla en la que su hija Liz Cheney emergió como una de las disidentes más prominentes.
El arquitecto del “vicepresidencialismo” moderno
Cuando Cheney llegó a la vicepresidencia en 2001, el cargo había evolucionado desde la figura ceremonial que lo caracterizó durante gran parte del siglo XX. Sin embargo, como muestra Goldstein, fue Cheney quien llevó esa transformación a su punto más alto, convirtiéndose en “el vicepresidente más poderoso en la historia del país”. Sus dos mandatos redefinieron la relación entre la Casa Blanca, las agencias de seguridad y los poderes del presidente.
Ninguno de sus predecesores —ni Walter Mondale, ni George H. W. Bush, ni Al Gore— ejerció la influencia que Cheney consolidó desde los primeros meses de la administración Bush. Su presencia en los pasillos del ala oeste no era la del segundo a bordo, sino la de un operador con autoridad, acceso total y una convicción casi doctrinal sobre la necesidad de restaurar un presidencialismo fuerte, una agenda que impulsaba desde los años 70, marcada por su lectura de los excesos del Congreso tras Watergate.
La mañana del 11 de septiembre cimentó este rol. Con el presidente George W. Bush lejos de Washington, Cheney actuó como autoridad de facto, tomando decisiones de enorme trascendencia, incluida la orden de derribar aviones sospechosos, un episodio que aún genera debate sobre los límites constitucionales del cargo. Para sus críticos, fue el comienzo de un período en que el poder ejecutivo operó con una opacidad inédita. Para sus defensores, fue la respuesta necesaria ante un país vulnerable.
La guerra contra el terror y el surgimiento del poder sin precedente
Los años posteriores a los ataques fueron un laboratorio para la expansión presidencial. El país aceptó —muchas veces sin cuestionar— nuevas prácticas de vigilancia, técnicas duras de interrogatorio, detenciones sin proceso judicial y un sistema jurídico paralelo en Guantánamo. En todas estas políticas, la mano de Cheney fue evidente.
Su visión del poder ejecutivo descansaba en una interpretación maximalista del Artículo II de la Constitución. El presidente, argumentaba, no debía estar limitado por decisiones judiciales ni por comités de supervisión del Congreso cuando se tratara de proteger la seguridad nacional. Esta postura guio el diseño y la implementación del programa de vigilancia sin orden judicial, la justificación de los llamados “interrogatorios reforzados” y la marginación de voces disidentes dentro del propio gobierno, particularmente del Departamento de Estado y sectores del Departamento de Justicia.
Estas decisiones no solo transformaron a EE. UU.; reconfiguraron su imagen global. Para muchos países aliados, representaron un alejamiento de los principios democráticos que Washington históricamente defendía. Para otros, fueron la expresión realista de una superpotencia dispuesta a actuar unilateralmente para defender sus intereses.
La sombra de Irak
Quizá ningún legado resulta más definitorio —o más divisivo— que la guerra de Irak. Cheney fue uno de sus impulsores más firmes, convencido de la existencia de armas de destrucción masiva y de la necesidad de derrocar a Saddam Hussein. Su discurso ante la Convención de Veteranos de Guerra en 2002, donde afirmó que “no había duda” sobre las armas iraquíes, se convirtió en un símbolo de la narrativa que conduciría a la invasión.
La ausencia de esas armas, el prolongado conflicto y las consecuencias regionales siguen siendo elementos oscuros en el análisis histórico de sus decisiones. Con el tiempo, incluso sectores conservadores comenzaron a distanciarse de aquella visión. Pero para Cheney, el convencimiento era absoluto: en su lógica, la incertidumbre era un lujo que el país no podía permitirse tras el trauma del 11 de septiembre.
De halcón implacable a disidente del trumpismo
Si la primera mitad del siglo XXI colocó a Cheney como la encarnación del poder ejecutivo sin restricciones, la segunda mitad lo vio transformarse en un inesperado símbolo de resistencia institucional frente a la influencia de Donald Trump.
Liz Cheney asumió ese papel con una claridad que evocaba la intransigencia intelectual de su padre, pero aplicada a otro terreno: la preservación de la integridad electoral y el rechazo al intento de subvertir los resultados de las elecciones de 2020. Su figura creció cuando se convirtió en vicepresidenta del Comité del 6 de enero, señalando directamente a Trump como responsable de un ataque a la democracia.
Dick Cheney respaldó a su hija sin titubeos. En un anuncio electoral, declaró que Trump era “una amenaza para la república como jamás había visto”. No era solo una declaración política, sino una ruptura explícita con un partido que, en otros tiempos, él mismo ayudó a moldear.
Para muchos republicanos tradicionales, Cheney —el mismo hombre que defendió el secretismo, la vigilancia intrusiva y el uso ampliado de la fuerza— se convirtió en un recordatorio incómodo de que el poder, incluso en su forma más dura, debía descansar sobre cimientos institucionales.
El legado de Dick Cheney que Washington honra hoy
Los honores que Cheney recibe hoy no son un veredicto definitivo. Ningún homenaje en Washington lo es. Representan, más bien, un reconocimiento a la relevancia histórica de un hombre que ayudó a moldear el mundo posterior al 11 de septiembre y que, al final de su carrera, se enfrentó a la metamorfosis interna de su propio partido.
Dick Cheney deja tras sí un legado complejo: un fortalecimiento del poder presidencial que alarmó a constitucionalistas, una política de seguridad que transformó libertades civiles, una guerra que reconfiguró Oriente Medio, y un llamado tardío —pero firme— a resguardar la democracia frente al populismo autoritario.
En una capital donde el poder suele ejercerse desde las sombras, Cheney siempre pareció sentirse más cómodo allí. Sin embargo, la historia, inevitablemente, se escribe a la luz del día. Y hoy, mientras recibe honores en Washington, su figura emerge una vez más: imponente, controvertida, imposible de ignorar.
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