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Cuando la fe en dios puede más que la fe en la democracia

Decenas o centenares de miles de personas han salido a las calles en octubre, no a protestar contra la corrupción, sino en busca de un milagro o solo mantener una tradición que fue impuesta por sus padres. La fe mueve masas, la creencia en un dios milagroso tiene más fuerza que creer que el orden democrático nos hará más prósperos.

¿Que busca la gente que sigue en procesión al Cristo Morado? 
Sin duda milagros, piden imposibles. Mucha gente, cuando ellos o un familiar tiene algún problema de salud, amoroso, financiero o con la justicia recurre al dios que por generaciones ha estado presente en todos los hogares del Perú y Latinoamérica.
Hay que tener en cuenta que las religiones nacen en épocas donde el promedio de vida era muy bajo, un hombre que llegaba a los 40 años era longevo, y era normal que muchas familias pasaran por el trance de perder a uno o varios hijos, por enfermedades, accidentes, hambrunas. La gran mayoría de la población mundial hasta antes de la II guerra mundial era pobre, y vivía en condiciones de extrema pobreza. En barrios insalubres que eran castigados por pestes.
 
La pobreza era la norma en todo el mundo. En Europa la pobreza, las hambrunas y las guerras hizo que millones de alemanes, polacos, irlandeses e italianos debieran huir de sus países, y encontraron en el nuevo mundo un lugar donde escapar de su destino fuera posible. Lo mismo sucedió en Asia, en algunas regiones de Japón o China fueron despoblándose por la emigración. El área del pacifico de Estados Unidos, Peru y Brasil fueron los destinos más soñados por la ola migratoria.
 
La pobreza, la mortandad, el futuro incierto, la naturaleza impredecible… Muchos factores hicieron que el hombre, insignificante ante un mundo hostil, se refugiara en las religiones. Está en el ADN del ser humano creer en la vida después de la muerte, en fuerzas poderosas que desatan o detienen terremotos o tempestades. En esas circunstancias nacen las religiones, como un medio de explicar los fenómenos naturales, y dar esperanza a quienes perdían hijos, hermanos o compañeros ante lo que parecía cotidiano, la muerte.
 
Las religiones ofrecen, a quien sobrevive, reencontrarse con el ser querido fallecido. Y la fe en un dios, la adoración de un tótem, se vuelve un talismán. Algo que puede protegerlo, darle suerte. La fe de la oración es la única arma que tienen para combatir la enfermedad, o para reconfortar a los padres que perdían a sus hijos en guerras a los que un rey los conducía. Los religiones santificaban las guerras, y ofrecían que el que muriera defendiendo a su rey o su fe iria directamente al paraíso.
  
La fe en tiempos modernos
Hoy la fe, la creencia de una divinidad suprema, se ha reducido, pero sigue vigente y con fuerza. Podemos ver en Latinoamérica como las religiones cristianas, la católica y la protestante, se une por un mismo cometido, detener el avance del laicismo, detener a un estado que ha sacado de los colegios la fe, detener la educación laica que homogénea el valor de la mujer y el hombre. Ya no es más el hombre el centro del universo, sino ambos. Y eso ha desatado el fanatismo de las religiones. El Vaticano no se atrevería a movilizar a sus huestes católicas contra un ministro de educación como lo hizo en Perú, contra dos ministros eficientes.
 
¿Por qué una procesión religiosa congrega a tanta gente, mientras las manifestaciones contra la corrupción tan pocas?
En esto esta quizás el mayor problema que afronta hoy Latinoamérica, en la fe en un dios que puede cambiar tu vida, darte salud, dinero o hacerte el milagro de ganarte la lotería. Pocos en Latinoamérica tienen fe en la democracia, como medio para salir de la pobreza, ni llega a ellos los avances en la medicina. En nuestros países hoy un paciente puede morir por una intervención sencilla como una peritonitis, o por infecciones por no tener acceso a antibióticos de última generación. Millones de personas padecen algún tipo de minusvalía, que puede ser corregida con terapia, pero siendo pobres y con un estado que no atiende casos que considera menores, solo queda a esos millones la esperanza de un dios que revierta su situación.
 
Si cientos de miles son capaces de salir a la calle por su fe, por una esperanza, es porque creen que un dios ha obrado en ellos un milagro, el curar a un nieto, darle trabajo a su hijo o salir airoso de una operación compleja. No están seguros de que el santo al que pidieron el milagro haya intercedido por ellos, pero en la duda es mejor creer. Asi la religión, la fe se vuelve una cábala, algo que tenemos en el bolsillo o en nuestra mente, que nos resguardara como en tiempos ancestrales.
 
Es peligroso para democracias adolescentes como las nuestras que la fe movilice más gente que la lucha por la democracia. Como ya hemos mencionado la caída de dos ministros entre 2017 y 2018 en Perú, fue una concertación de fuerzas políticas corruptas, como el apra o fuerza popular, y fuerzas religiosas como el cardenal Cipriani y muchos pastores evangélicos, que se han enriquecido con aportes económicos de gente muy modesta a la que se le asegura que a través de sus donaciones dios los bendecirá con dinero y salud.
 
La fe es un vestigio de épocas medievales, y una traba en algunas sociedades como las latinoamericanas. La iglesia católica, sigue siendo una piedra en el zapato de todos los ministros de salud en Perú, que intentan emprender políticas de planificación familiar. No solo es contra los métodos anticonceptivos, o la negativa para que los chicos antes de terminar el colegio reciban información sobre control de la natalidad, sino ha llegado a influenciar en órganos jurídicos, como el tribunal constitucional, para que impida que el estado entrega la píldora del día siguiente, un método que previene un embarazo no deseado. Hoy en día si una mujer o una niña es violada, un policía o el medico que la atienda no puede por ley recomendar siquiera que la mujer tome aquella pastilla que la libraría de gestar un bebe de su agresor.  Y sin embargo el cardenal Cipriani, midiendo fuerzas con la democracia, cada cierto tiempo saca a la calle a sus hordas de fanáticos usando el tema del aborto. Al grito de No al Aborto, miles de fanáticos recorren las calles del Perú, pero Cipriani, un clericó que intento ser el Richelieu de Fujimori, no menciona que miles de abortos se podrían haber prevenido si permitiera que las mujeres más pobres tuvieran acceso a la píldora del día siguiente.  Por supuesto, siendo un hombre con negocios privados, permite que la pastilla se comercialice en farmacias, al alcance de las clases medias y altas. Pero impide dar información sobre su uso entre las mujeres más pobres.

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